¿Corremos el riesgo de convertir el mundo en un archipiélago?

Adolfo Ramírez- Ingeniero, colaborador en ITBS

Estamos construyendo un mundo más fragmentado que nunca. No ocurre de golpe, sino de forma silenciosa: conversación a conversación, algoritmo a algoritmo, elección a elección.

Cada vez más personas se repliegan hacia entornos donde todos piensan igual. Buscan certezas en lugar de contraste. Afinidad en lugar de diversidad. El resultado es lo que podríamos llamar un archipiélago social: grupos que coexisten, pero apenas interactúan.

Desde dentro, cada isla percibe su visión como la correcta. Como si fuera la única posible.

La tecnología está acelerando este movimiento. Tom Chatfield  (@TomChatfield), escritor y filósofo tecnológico británico, explica como los entornos digitales no son neutrales, sino que refuerzan lo que ya creemos, filtran lo que nos incomoda y reducen el coste de vivir sin contradicción. El desacuerdo deja de gestionarse… y empieza a evitarse.

Perder la confianza en el futuro

Cuando una sociedad pierde la confianza en el futuro, la fragmentación deja de ser un síntoma y se convierte en una estrategia de supervivencia. Cada isla se cierra porque abrirse parece demasiado costoso y hasta incómodo. Pero esas islas no son abstractas. Las construyen las personas.

Y esperar que instituciones o empresas recompongan lo que se está rompiendo es, en el fondo, otra forma de comodidad.

El archipiélago no lo han construido los algoritmos. Lo estamos construyendo nosotros. Con cada elección cómoda, con cada fuente que evitamos, con cada conversación que no queremos tener. A veces por comodidad. Otras por miedo. Y a veces, simplemente, porque disentir cuesta más de lo que estamos dispuestos a pagar.

La fragmentación avanza porque resulta más fácil confirmar que cuestionar, más cómodo ignorar que entender, menos costoso alejarse que acercarse. No hay un momento en que alguien decide vivir en una burbuja. Ocurre despacio, sin que nos demos cuenta, a base de pequeñas renuncias que parecen razonables por separado.

Cada gesto parece irrelevante. El problema es que millones de pequeños gestos acaban construyendo un mundo donde nadie se encuentra con nadie.

Este fenómeno no se queda, lógicamente, fuera de las empresas. Entra con las personas, se instala en los equipos y moldea las culturas sin que nadie lo decida explícitamente.

Cuando dentro de una organización desaparece el contraste, desaparece la capacidad de anticipar. Cuando se evita el desacuerdo, las decisiones se empobrecen y la innovación desaparece.

Las organizaciones no son inmunes al archipiélago. Pueden convertirse en una isla más, cómoda y homogénea, o, por el contrario, en un espacio donde conviven perspectivas distintas. 

Esa diferencia la marcan la cultura y las personas, pero no ocurre sola. Los líderes tienen que crear las condiciones idóneas: espacios donde el desacuerdo sea posible y no se penalice, donde quien piensa diferente no tenga que callarse para encajar, donde la diversidad de criterio se trate como lo que es, una ventaja, no una amenaza.

Los puentes no se van a construir solos

No hacen falta grandes gestos. La fragmentación se está construyendo con decisiones pequeñas, y se deshace de la misma manera.

Basta con leer algo que no confirme lo que ya pensamos. Escuchar sin buscar el momento de rebatir. Aceptar que una idea que nos irrita puede, aun así, contener parte de verdad. No se trata de tener razón. Se trata de no dejar de escuchar.

Porque el crecimiento (personal, profesional y colectivo) no ocurre dentro de una burbuja. Ocurre cuando alguien decide cruzar al otro lado. De ahí la pregunta: ¿Estamos dispuestos a construir los puentes?